Arquitectura y Naturaleza.
Obras / Colecciones.
A menudo yuxtapongo varias fotografías, juego con las escalas, altero las luces y los colores. Busco crear escenas cargadas de extrañeza y misterio, imágenes que generen inquietud y preguntas en quien las observa. Invito al espectador a internarse en un territorio pictórico lleno de manchas, veladuras, gestos y accidentes propios de la pintura. Sé que la verdad de cada obra no está en la imagen en sí, sino en el reflejo interior —emocional e intelectual— de quien la contempla. Yo solo reparto las cartas: en cada cuadro hay una pieza que puede ayudar a construir lo que llamo la arquitectura del alma individual.
En mi serie más reciente, el juego que propongo se articula en torno a la relación entre Naturaleza y Arquitectura. A través de esta tensión poética intento reflexionar sobre cómo el tiempo y el espacio afectan a nuestras construcciones y, en consecuencia, a su representación pictórica. Fenómenos atmosféricos y estructuras urbanas —templos, cúpulas, murallas, ciudades enteras— aparecen bañados por luces imposibles y colores irreales: un templo iluminado por un amarillo improbable, una ciudad devorada por un azul ultramar vibrante. Son licencias que evocan los caprichos de la naturaleza frente a los de la arquitectura.
Para mí, la naturaleza actúa como una fuerza neutral pero implacable: provee materiales para construir y también para destruir, a través de la erosión, el clima y el paso del tiempo. Observo y registro estos procesos con mis pinceles: cómo una nube modifica el perfil de una cúpula, cómo el frío endurece las ramas y agrieta la piedra, cómo la bruma borra distancias, cómo la humedad avanza por las fachadas o un rayo desgarra el cielo. Mi intención es fijar un instante de algo que está en continuo movimiento, ofrecer un enigma suspendido, a punto de revelarse.
Sin embargo, sé bien que detener el tiempo en un lienzo es una ilusión. Pienso, por ejemplo, en aquella ciudad que, hacia el año 1625 a. C., fue sepultada por un volcán en pleno esplendor, preservando en la destrucción fragmentos de una belleza que hoy intentamos reconstruir desde sus ruinas. Para mí, el lienzo funciona como ese espacio de reconstrucción simbólica, una cápsula capaz de contener esos instantes que el tiempo ha arrebatado.
Las obras que presento son fragmentos de visiones y mensajes que, partiendo de la bidimensionalidad del cuadro, buscan despertar en el espectador la sensación de múltiples dimensiones posibles. Quiero transmitir esos estados sutiles que conmueven al alma, ese misterio que se manifiesta cuando surge la belleza: una conmoción breve, un momento de revelación, la experiencia irrepetible de la vida misma.
Trabajo para expresar temperaturas, músicas, emociones. Sé que no puedo describirlas con palabras; quizá sí con colores y formas. No soy poeta, ni músico, ni filósofo. Soy, simplemente, pintor.